domingo, 13 de setembro de 2009

COREOGRAFIA INVISÍVEL




Não sei o que pensam os pássaros quando, nas tardes de sábado, dormem sobre os fios de alta tensão. Os pássaros têm sábados frustrados. Todas as coisas que podiam ter sido, não foram. Também não sei o que pensam os homens enquanto dormem os pássaros pelos sábados adentro. Sei que os homens têm insônia e fecham janelas. Instituem a escuridão, apagam as palavras e desintegram-se em longos silêncios. As coisas que poderiam ter sido? Não têm importância. Em qualquer tempo há fios de alta tensão e pernas de mulheres com sangue fervendo. Tantas que chegam a ser ignoradas. Despojos do amor? A desproporção criou homens-deuses vulgares e divinizados. Criou profissionais especialistas em argumentação. Braços em torno do pescoço, bocas de estátuas coladas e música para preencher os vazios. Mas o objeto deste texto é o amor. O sujeito também. Amor em construção. Quatro paredes lentas e penosas do lado de cá do horizonte onde pretendo improvisar ninhos e desprender pássaros do sonho.
O tempo urge, razão pela qual me deito, mesmo, à terra. Todas as coisas se revelam e se negam continuamente. Finjo não perceber. Repouso minha cabeça sobre o seio da ignorância. A metafísica rodeia os meus limites. Há coisas se encontrando também fora de nós. A ficção quer escrever minha história. Que imagem faria? Oh! vida, esse tempo desperdiçado dentro do olhar. Minha única tristeza não é triste. Incongruência? Limpe os olhos que este texto tem a loucura da forma. Plasticidade e linguagem. Os literatos, os eruditos e eu, e nada de concreto. Que sabemos sobre os pássaros frustrados sobre o fio de alta tensão? Somos carentes de amor, sexo e sonhos. Somos carentes de sabedoria. Um dia Deus apareceu homem entre os homens e o crucificaram. Daí meu medo de existir. Daí esse silêncio áspero de Sábado. Meus conflitos me apequenam. Gritos surdos por dentro. Somente as palavras são capazes de secar as lágrimas. Palavras e dedos. Dedos escalavrados pelo tempo percorrendo traços e linhas do meu rosto. Doce ternura para quem partiu todos os espelhos e já não mais se reconhece. Eu que tenho em mim o movimento dos outros, o conhecimento dos outros, o idioma dos outros, a reação dos outros... eu sulcada pelos outros e estrangulada pelas minhas próprias mãos. Só o amor me salva. Só o amor produz essa lentidão sagrada de observar pássaros cheio de vôos. O amor sabe de cor os vôos e os movimentos. Conhece o lugar, o istmo onde os homens choram. Os homens são belos, sobretudo, quando choram. Homem-mar numa ilha de chuva. Uma imagem onde me completo. Não totalmente. Uma mulher satisfeita traz em si um ponto final. Eu tenho vocação para reticências e excessos. Amanheço e todas as bocas se abrem. Famigerada fome de idealismo. Não nos basta a vida?
O pássaro olha com todos os olhos, mas nada avista. Tem os sentidos esquecidos. Esqueceu-se de quem era, de como era... só sabe cantar, cantar. Se respirasse uma idéia, tornar-se-ia gente com todo niilismo inerente. Gente que nega qualquer coisa a qualquer hora. Que nega a palavra, a raça, as idéias.. gente que nega a cruz, a história, a colonização... gente que ignora as tardes de sábado quando discretamente um pássaro voa estabelecendo ligações entre as coisas visíveis e invisíveis.


(Do livro A terceira mulher , 2008)

sábado, 5 de setembro de 2009

El ciclo de un vocativo





He creado a Juan en prosa y en verso. Vocativo de mi soledad. Rima de mi pasión y superlativo de mi deseo. La escritura, la historia, el dibujo. Comencé por el dibujo. Yo quería que mi ficción tuviese una imagen que yo pudiera memorizar y repensar siempre en las mañanas. La primera idea que de Juan tuve fue la de una sombra cruzando una senda. Las piernas largas, cadencia firme al caminar y mucha coherencia. El sería coherente de pie a cabeza, desde el amanecer hasta el crepúsculo. Pero tendría una carencia de afecto no muy común en los hombres. Debería llorar por amor y tener deseos sencillos como levantarse en mitad de la noche para compartir una pizza con una mujer. ¡Qué digo! con una mujer no...Conmigo!!! Porque Juan era mío, todo mío. La idea de inventarlo surgió de mí. Le di la vida y por ello, nada más justo que ser exclusiva en la suya.
A Juan le gustarían las flores, todas las flores. Y él sería romántico para que yo no me sintiera ridícula. Tendría rasgos masculinos, simétricos, para compensar el desorden de mi inspiración. Múltiples facetas convivirían en él, la manera desparpajada de un poeta y la audacia de un intelectual, la inseguridad de un niño y la firmeza de un anciano, la dulce sonrisa y la misteriosa mirada, el discurso seguro y la libertad de decir, ocasionalmente, cosas sin sentido. Le gustaría leer y en las largas tardes de domingos abriría el libro rojo en la página marcada con una rosa seca para leerme poemas de Fernando Pessoa: "Ven a sentarte conmigo, Lydia, en la orilla del río..." y yo, Lidya de todas las horas, me dormiría con las últimas palabras del poema de Ricardo Reis: "Yo nada tendré que sufrir al acordarme de ti. Me serás suave a la memoria recordándote así -a la orilla del río- pagana, triste y con flores en su regazo."
Más allá de su vocación por la poesía, Juan habría de ser amable y caballero. Tendría ideas propias que discordaran conmigo alguna vez y debería ser capaz de decir "no" cuando fuese necesario. Hombre decidido que sabría lo que quiere, hasta dónde ha llegado y hacia dónde va. Un hombre que me sorprendiese con cenas a la luz de las velas y con paseos románticos. Compañero en una noche oscura y consuelo en mis frustraciones. Que no me dejase tan suelta, ni tampoco tan presa. Que de vez en cuando arrojase maíz a las palomas, pan a los peces y que le gustasen los animales.
En mi afán de tenerlo pasé días y noches enteras sin dormir, como una diosa que arrastra sus largas trenzas, con los ojos siempre puestos en la llanura, en el cielo, en el mar y en todas las páginas que me pudiesen ayudar a construir mi hombre ideal. Busqué el corazón de Juan en las olas del mar... y su alma en un ligero pájaro que sólo conoce lo transparente del mundo. Quise un Juan puro, libre y suelto, corriendo por un parque o por el sendero de una estrella. Le di la geografía del mundo entero, pero que me saludase siempre con banderas rodeadas de distancias. Su mejor cualidad? El amor. El debía amarme a pesar del viento que sopla las palabras en otras direcciones; a pesar de las mareas que llevan los buques a otros continentes, y a pesar del tiempo que insiste en enterrar siempre las palabras.
Cuando me fijé en Juan, con flores rojas en sus manos, no tuve dudas en correr y aceptar aquel cuerpo todavía lleno de espacios vacíos. Yo era un barco de verano anclando en un mar azul, trayendo el disfrute y creando situaciones. El mar estaba tranquilo, pacífico y lento como nosotros, pero cantaba en la distancia una lluvia fina que fascinaba nuestras miradas. Nos fuimos descubriendo poco a poco, como se descubre un país visto antes en un mapa. Líneas conocidas en el diseño abrían un horizonte mágico. Aprendimos los caminos de las manos y de las puntas de los dedos. Apuntamos en el mapa las referencias de nuestra identificación, medimos nuestras distancias con la lengua y rompimos todos los silencios con el sonido de nuestras respiraciones. Además, desafiamos todo concepto estético con nuestras coreografías nocturnas y dormimos el sueño de los bienaventurados. Teníamos entonces, el diseño y la historia.
Después de la cumbre de nuestra relación, Juan me saludaba cada vez menos. A menudo, perdí el sueño pensando que él podría estar aterrizando en lunas de otros planetas. Aprendí pronto que no tenía dominio sobre mi creación. Más que eso, perdí la sintonía con mi obra poética. Intenté modificarla, reinventarla, aceptarla ya con otras influencias, contenerla con poderes telepáticos... pero nada. Las noticias me llegaban lentamente, algunas veces ya vencidas. Juan vivía otras pasiones, pasiones silenciosas, contenidas, circunscritas.
En una tarde, enferma, mientras yo trataba de descubrir mi error, mi primer error, sentí los pasos sordos de Juan acercándose. Se movía con inconsistencia. Estaba lejos de ser el mismo. Amor desgobernado por los vientos de las maravillas. Distancias invertidas, direcciones opuestas, ojos que confabulaban palabras cortantes. Yo lo ataqué con la fuerza de una desequilibrada bestia herida, y caí con el cuerpo sangrante. No sé si fue por defensa, compasión o desprecio, sólo sé que Juan me mató, y me dejó flores para decorar mi muerte. Terminé como Lydia "triste, pagana y con flores en su regazo." Se hizo el dibujo, la historia y la escritura.



quarta-feira, 2 de setembro de 2009

Soñando

Este poema foi escrito por um amigo Venezuelano, Fredy Covas, após leitura do meu texto "Do coração de uma mulher".
Muchas gracias, Fredy. Es un honor.


He escuchado de tus manosl
o que un día escribiste sin saber de mí.

Eramos tú y yo nada más.
Arena, aire y cielo,
pero solos tú y yo.

No levantabas tu mirada,
ni yo podía quitarte la mía.
Desnuda escribías mientras yo leía tu pensamiento
y desnuda te veía con maravilloso asombro.

La gasa vaporosa que te envolvíame
dejaba ver,
a pesar de que tu pelo tapaba tu rostro,
tus manos, tus pies,
tu ombligo, tu espalda,
tus piernas, todo tu ser.

Al terminar tu escrito,
te descubrí, aunque ya estabas desnuda.
Y mi mano te ofrecí.
¿Quieres que caminemos desnudos?
¡Claro! dijiste...
Y así anduvimos, silenciosos y riéndonos a trechos.
Te tomé entre mis brazos para hacerme tuyo
sin que otra cosa pudiésemos hacer.
Y fuímos el uno del otro,
como si nos amáramos por culpa de la oscuridad, por haberte leído el pensamiento...
y por ser quien eres...

quinta-feira, 27 de agosto de 2009

LAS HORAS






El llega siempre a las diez y quince, con el mismo silbido tramposo. A las diez y catorce, salgo a la ventana y bajo las escaleras cuando él toca la guitarra en el piso y me hace un movimiento de reverencia. Reímos por la calle como dos perros sin dueño que se contentan con cualquiera sobra. Entonces me dice que pronto el mundo se dará una sacudida, grabará un CD, tendrá amigos influyentes, y así sucesivamente. Yo arqueo las cejas moviendo los ojos, siempre disimulando porque conozco su pesadilla obsesiva de convertirse en celebridad y no quiero causarle un dolor que pudiera despertarle del su sueño. Seguimos nuestro camino con pasos calculados, creamos pretextos para que a las once, en punto, él comience el espectáculo. Él sabe, aunque lo niega, que su destino será tocar en bares, mezclado con el humo de los cigarrillos y con la esperanza tosca que le oprime la garganta como un nudo de amargura. A veces, disimulando la inseguridad, me pregunta si creo en su talento, sabiendo que siempre gritaré a los cuatro rincones del alma, que sí, que sí, que sí. También dice que la vida vale la pena por el hecho de que existo y promete no olvidarme el día en que el mundo reconozca su arte. Independientemente de eso, yo lo aplaudo y le hago mi reverencia. La calle es nuestro escenario. Él sube al tope de una tierra amontonada y ensaya un grito de victoria. Yo contesto como el auditorio imaginado, con un ¡Viva! ¡Bravo! ¡Magnífico! ensayando lo qué pudiese ser peor como muestra de mal gusto. Luego, él toma con su mano la mía y la lleva hacia su pecho, inclinándose para besarla tiernamente. A las diez y cincuenta, me dice que si quiero besarlo, debo aprovechar el momento antes de que le llegue la fama. Y yo lo beso con locura, deslizando mis manos bajo su camisa, escudriñando en su cabello y sintiendo su olor a hierba mojada. Mi lengua empleada en la medida de nuestra distancia es la misma que intenta pronunciar la frase "este peón me encanta… me encanta… me encanta". A las once, llego a casa a escuchar los primeros sonidos de su voz que me despiertan inusuales deseos.

terça-feira, 25 de agosto de 2009

Amigoterapia (Para o Fabrício)







Lora, Fabrício, eu e Maísa.
Um amigo alertou-me de que temos um excesso de emoções entranhadas nos músculos. A princípio pensei se tratar de uma metáfora, dessas que a gente diz com a vaga certeza de justificar a vida. Mas meu amigo não é poeta, tampouco filósofo. Acende um cigarro e olha pra cima, a cabeça povoada de perguntas sem respostas. Diz que vai para Hungria e depois me desenha em palavras aquilo que escapa ao pensamento. Na verdade ele tem uma emoção que brota de dentro e quase o consome. Eu só não sabia que podiam estar amalgamadas aos músculos... Custa-me imaginar os músculos como lugar eleito para se guardar emoções. Guardar não, incrustar, porque acabam ressequidas, transformadas em fósseis de si mesmas. Daí, a dificuldade para se livrar delas. Bem, vou morrer com essa incompreensão, mas pelo menos suponho saber porque dói meu corpo quando chega o inverno. Uma abstração se materializa na carne e com o frio, dói. Há muita coisa no mundo que me escapa. A natureza tem tantos enigmas. Nem mesmo uma dissecação do corpo poderia revelar os fenômenos da complexidade humana. Na verdade, nem sei se este “eu” que aqui escreve existe de fato ou é apenas um conceito estético e falso que criei para me entregar aos sonhos sem a obrigação de torná-los nítidos e deixar-me seguir pelas cadências das sensações. Mas e se for o contrário? É possível que a única coisa concreta em mim seja esse “eu” que escreve. As frases literárias têm uma individualidade absolutamente humana, ganham alma, força e visibilidade. Daí que me habituei a sentir o falso como verdadeiro, o descrito como o algo que vi, e assim por diante. Perde-se a distinção humana do real e do irreal. Mas essas estratégias não são comuns apenas a quem escreve. Quem pinta, canta, poda árvores... todos aprendem desde cedo a negar a realidade e tomar por real as coisas que não são. As meninas, por exemplo, sabem que a boneca não é real, mas a trata como real, baseadas numa visão verdade das coisas. Bendita intuição infantil que permite à criança gerenciar o pequeno universo que criou sem levar em conta as convenções criadas pelos adultos. É na infância que aprendemos a manipular os dados reais e os não-reais até confundirmos o que somos com o que não somos. Depois disso, nossa postura será o reflexo da nossa interpretação da vida. Apesar das peculiaridades, somos todos muito parecidos. Cheios de sonhos, cheios de truques. Amamos a fantasia. Idealizamos o outro, fazemos dele o ornamento da nossa emoção e a colocamos onde queremos. Quero dizer, na ânsia de viver, na sede de gozar, acabamos vítimas de nossas próprias circunstâncias. É mesmo assim? Eu teria de fazer algumas aulas sobre psicanálise para escrever esta crônica. E o inverno anda ameaçando as noites longas. Sabemos que irá doer. Eu e o meu amigo. As emoções irão salientar a geografia do corpo por baixo da pele e chegará ao umbigo da nossa orfandade. Ouviremos que a angústia é um constructo do homem, que a solidão é um constructo do homem, desse homem artefato submetido a um sujeito também artefato cheio de angústias e rancores entranhados nos músculos. Temos culpa de termos nascido num tempo apocalíptico e visceral? Um tempo que desconstrói nosso longo parênteses de ilusão e nos coloca sobre uma linha sísmica onde vida e morte se confundem, exterior e interior se irmanam gerando essa insegurança e essa intensidade emocional de que tudo está por um fio. E não há nada a fazer, a não ser lembrarmos de que somos apenas fiapos visitados por esses mistérios que vez por outra iluminam nossas idéias despedaçadas. E, enquanto meu amigo fuma para afugentar os pensamentos, escrevo pra não ver dilaceradas as minhas vísceras.

terça-feira, 11 de agosto de 2009

BIOGRAFIA DE AMORES - texto II

Nos encontramos num bar em Paris. Chovia fino nos telhados vermelhos dos prédios antigos, que deviam estar há muitos metros da nossa cabeça. O silêncio dessa distância devorava as palavras antes que elas fossem ditas. Ele lia um jornal. Eu lia as palavras que foram escritas nas paredes, muitos anos antes d’eu nascer. Palavras voláteis, alheias, despencando no tempo de uma saudade. O bar ficara grande, como se houvesse apenas nós dois. Sem violinos, sem cítaras, sem um cantor a debulhar palavras amenas. No ar, somente sílabas soltas em língua que eu não conheço. Tive vontade de me aproximar. Entabular uma prosa de aromas e paladares, falar das pequenas cidades de nomes desconhecidos e descobrir qualquer coisa em comum entre os nossos mundos. Talvez ele fosse um artista. Talvez soubesse desenhar e fizesse alguns desenhos em papel de embrulho e me presenteasse dizendo algo inteligente, excessivamente inesperado, como sonham as mulheres que ousaram explorar Paris, sozinhas. Possivelmente eu também ousaria inventar uma caligrafia redonda e escreveria algo romântico como espera um homem que lê jornal num bar parisiense.
Mas ele seguia indiferente a tudo, inclusive a meus pensamentos furtivos. Sequer percebeu que os homens que lêem despertam a minha cobiça. Mais que isso, despertam pensamentos corrosivos e persistentes. Olhei firmemente, ele abaixou o jornal e seguiu como se estivesse lendo, mas a posição em que se colocou resvalava em uma dúvida. O corpo sempre fala mais alto. O corpo grita. Seus cabelos fartos e cachecol jogado aos ombros revelavam um homem inteligente. Homens inteligentes têm uma elegância despojada. Algo quase natural, quase inato. E essa distância entre o ser e o não-ser é que os tornam irresistíveis. Daí que não desgrudei os olhos dele e passei a estudar uma estratégia de aproximação. Mas não tenho proficiência nisso. É uma linguagem que manipulo muito mal.
Aproximei-me a passos lentos para que ele tivesse tempo hábil de se preparar. Correr, se quisesse, virar de costas, abaixar as vistas. Mas ele manteve o olhar fixo em qualquer ponto detrás de mim. O que lhe proporcionava uma visão ampla, que ia se afunilando em meu rosto, à medida que eu me acercava. O silêncio me constrangeu, mas não havia tempo para desistir. Como uma mulher tímida, feito eu, se arrisca em investidas tão ousadas? Risquei o muro do constrangimento com um “conhece um café onde se pode ouvir músicas francesas?” Ele me estendeu um olhar discretamente desconfiado e perguntou: “veio da Ucrânia?”
Minha língua poderia até ser confundida com o espanhol, minhas atitudes cheias de gestos poderiam lembrar o italiano, mas o russo? Decepcionada, só consegui negar com a cabeça e engolir meu sotaque brasileiro, ressuscitado num passado verde entre campos e vacarias fortemente vincados em minha memória.
Não habituada a ser tratada com indiferença, espreitei meu olhar para fora do bar, e marchei em seguida. Mas não houve tempo para que eu me decidisse entrar em qualquer outro local, nem mesmo para me esconder da chuva fria, pois senti uma mão masculina me tocar. Aturdida, encenei também meu gesto de indiferença. Segui muda por uma alameda que eu já conhecia de filmes e cartões postais, mas a paisagem não mais importava. Importava que ele seguia ao meu lado. Espreitávamos para fora como quem olha para dentro. Eu tinha medo de pronunciar qualquer palavra e ele não entender. Medo de alterar a cena, de afastar aquela sintonia surda que estava nos encaminhando para uma catarse parisiense.
Entramos em uma barca que descia o rio Sena. Parecia armação de filme francês. Uma música, um lugar, duas pessoas e nenhum diálogo. Sentamos em um canto discreto. O lustre antigo movimentava-se sobre a mesa. Não sabia o que dizer, o que sentir. Minha cabeça era uma fábrica de idéias inconclusas. Mas no exato momento em que eu ia pronunciar a primeira palavra, ele precipitou a mão vagarosamente sobre a mesa como se estivesse procurando um lugar no mapa do meu corpo e já soubesse que a fronteira era a ponta dos dedos. Ficamos os dois olhando para o que ele ia fazendo. Meus dedos foram abrindo-se ao toque dos dele e vagarosamente se cruzando, amalgamando-se como velhos conhecidos. Nossas mãos brancas incorporavam nossa nudez antecipada. Nossas respirações se aceleravam, inspirações longas que chegavam a embaraçar. Parece que ele sabia do meu pesadelo obsessivo por mãos de homem. Principalmente as bem feitas, marcadas por veias nervosas e azuis. Percebi que as pessoas presentes nos observavam. Perfazíamos uma imagem que chamava a atenção. Uma imagem tão bonita que merecia ser eternizada nas antigas porcelanas francesas.
Depois de todos os beijos, ele perguntou meu nome, minha nacionalidade, meus sonhos...e segue perguntando se não quero conhecer a Ucrânia.


Lucilene Machado

sábado, 8 de agosto de 2009

Dia dos pais

Para todos os pais, especialmente ao meu, essa crônica de Arthur da Távola, me enviada hoje pela amiga Fernanda Guimarães.


Um Filho Rapagão a Dormir
Artur da Távola

Lembro-me de repente de um instante no passado: um de meus filhos, então rapaz, a dormir no sofá da sala, o livro caído a seu lado. Em um filho jovem, mesmo um latagão, a dormir, aflora a criança desvalida e fraca. Some a expressão dos olhos, os significados da voz de machinho, descansam os músculos faciais que definem os traços representativos dos disfarces e defesas que inventamos para sobreviver. Um rosto de jovem, deitado e de olhos fechados, faz cessar por instantes as intensidades e discordâncias daquele novo ser pulsátil, cheio de idéias, atitudes, pontos de vista, competições, raiva, até, da dependência de tantos anos aos pais. Há um breve retorno à desproteção da infância, que renova no pai uma forma poética e emocionada de apego aos filhos. Raras vezes nos é permitido reter a infância dos filhos, esvaída na ânsia de descobertas e justas independências, quando eles "ajovecem". Ao contemplá-los assim, fortes mas vulneráveis, dentro de nós latejam misteriosas intensidades. Somos pedaços de complexidade ganindo ânsias de harmonia e integração. Dentro de nós lavra um afã constante, preparação do vir-a-ser. É a evolução, inevitável. Somos um esforço sem trégua para alcançar um "adiante" que engendrará novas disposições de avanço na direção do não se sabe. Somos pedaços de cansaço feliz por buscar o que, alcançado, transforma-se em plataforma de novos embarques. Somos um lindo e conturbado espetáculo de luta e jardim. Somos a natureza no esforço de existir e propagar a espécie. Somos a expressão dolorosa da ânsia de existir. Assim somos. A/penas. E vemo-nos como tal no filho rapagão a dormir. Por isso, quando de olhos abertos, falando, pregando, querendo, clamando, postulando ou dizendo, somos um cansaço em andamento; somos o nosso doloroso miolo, busca constante de transcendência, transparência e harmonia, ideais da divindade que mora em nós, incompleta, sempre em andamento, em busca da transformação, como o universo. Mas ver o filho a dormir ali, jovem, descuidado, grandalhão, é encontrar a criança que nele mora. E é ser pai de novo. Por certo quem me lê já viveu essa emocionada alegria antecipatória de saudades que se aproximam.