sábado, 5 de dezembro de 2009

Calabria queda aquí

Compré un vino en una de esas ferias donde los italianos negocian sus productos. La calle es angosta y está detrás de un conocido viaducto de San Pablo. Un área que recuerda a Italia. No sé si por la arquitectura o por el acento de las señoras simpáticas ofreciendo bocadillos. El ruido de las conversaciones paralelas me impidió escuchar correctamente el precio de la botella. Pagué de menos y salí. Casi al final de la feria, en un puesto de artesanías, fui informada de que debería volver y pagar lo que faltaba.
No voy a mentir, volví con rabia. Miré al italiano con mi boca llena de palabras. Era como si él hubiese cometido un acto injusto. Sin embargo su mirada llena de ternura me silenció. Esperé a que él se pronunciase. Y confieso que, minutos después, estábamos probando vino con castañas y dando carcajadas altas como auténticos italianos. Hablamos mucho. Penetré con él en lo profundo de un país que pendía de la pared. Me presentó su Calabria, una región que parecía querer caerse del mapa. Tal vez hubiese caído ya y él no se había dado cuenta. Hay tantas cosas que el tiempo transforma sin contar con nuestra complicidad. La idea de la Calabria primitiva y prosaica parece ser una ficción. Puede estar en las páginas de la historia, pero socialmente no existe más. No del modo como él idealiza. Que me perdonase la insensatez, pero Calabria está más allá de Italia. O tal vez yo debería decir: está más acá de Italia. Calabria está aquí mismo en San Pablo. Hay lugares que se desprenden de su geografía y atraviesan continentes, atraviesan el tiempo, atraviesan nuestros sentimientos y se adhieren a nuestra alma. La condición humana es sorprendente. ¿Quieren algo más primario que una feria donde se vende harina de trigo a granel? ¿Quieren una sociedad más solidaria que aquella en que sus miembros se protegen unos a otros, además de ser capaces de interceptar a una desconocida que pagó menos por una botella de vino? Yo, si fuera italiana, sería feliz aquí.
Aunque San Pablo sea un estado moderno con cuarenta millones de habitantes conserva resquicios rudimentarios, lo que contribuye también para preservar los sueños de señores nostalgiosos que se resisten a cambiar el carácter de lo que les fue imputado como herencia: el deseo de volver a la tierra de sus padres, abuelos, tíos y toda una parentela que ya no existe más. El deseo de volver a un lugar donde nunca estuvieron y que solo conocen por fotos y postales. Viven aquí como si fuesen extranjeros, sin darse cuenta de que también lo serían allá.
Mi nuevo amigo reza y hace promesas para volver. ¿Volver adónde? ¿A Calabria, o al pasado? Palabras porosas. Mirada porosa. Piel imantada de sueños. Calabria es el pretérito hacia donde él vuela en busca de lazos y raíces porque no se encuentra a sí mismo en el tiempo presente. Él me observa con su mirar espléndido y me habla como si fuera yo un libro capaz de registrar toda su emoción. Escucho quieta. ¿Qué podría yo decir? La verdad, yo sería capaz sólo de decir que su alma nunca vivió aquí, que siempre estuvo prendida a un punto del mapa llamado Calabria.
Lucilene Machado

quarta-feira, 25 de novembro de 2009

Comentário

Querida Lucilene:
Muy bello tu texto: poético, femenino, personal. Hay críticas, así, con sexo de mujer, más que críticos masculinos, que defienden la pertinencia de una literatura eminentemente femenina que dé cuenta de la realidad de la mujer, de la organización de su cabeza, del placer, el suyo particular confinado a su cuerpo, a sus órganos sensibles específicamente femeninos, ya que todo lenguaje engendra y procede del poder como defendía Foucault. En fin, mucha erudición. Siempre pensé que esos textos había que crearlos, como hizo Clarice, y no hablar tanto de ellos. Hay que caminar, como decía el poeta, los pasos engendran el camino y no al contrario. Tus textos engendran caminos, veredas, sendas, son muy femeninos, como digo, y muy hermosos, son posiblemente muy tuyos porque por encima de los sexos estamos nosotros, los seres humanos que nos comunicamos, que nos constituimos como personas con nuestras confesiones, con la expresión de nuestros sentimientos, con nuestra voz y sus ritmos escritos o hablados, con nuestra respiración.
Muy hermoso tu texto. Enhorabuena!
Con un saludo muy afectuoso,
Antonio Maura

terça-feira, 24 de novembro de 2009

COREOGRAFÍA INVISIBLE



COREOGRAFÍA INVISIBLE
No sé que piensan los pájaros cuando, en el sábado a la tarde, duermen en los cables de alta tensión. Las aves tienen sábados frustrados. Todas las cosas que podrían haber sido, no lo fueron. No sé que piensan los hombres mientras duermen los pájaros por el sábado adentro. Sé que los hombres sufren de insomnio y cierran las ventanas. Establecen la oscuridad, borran las palabras y se desintegran en largos silencios. Cosas que podrían haber sido? Da igual. En cualquier momento hay cables de alta tensión y piernas de mujeres con la sangre hirviendo. Tantas que vienen a ser ignoradas. Despojos del amor? La desproporción creó los hombres-dioses vulgares y deificados. Creó profesionales especialistas en la argumentación. Los brazos alrededor del cuello, bocas de estatuas pegadas y música para llenar los vacíos. Pero el objeto de este texto es el amor. El tema también. El amor en construcción. Cuatro paredes lenta y dolorosa de este lado del horizonte donde quiero improvisar nidos y desplegar pájaros del sueño.
El tiempo es corto, razón por la que me acuesto mismo en la tierra. Todas las cosas se manifiestan y se niegan continuamente. Yo finjo no percibir. Apoyo la cabeza en el seno de la ignorancia. La metafísica rodea mis límites. Hay cosas encontrándose también fuera de nosotros. La ficción quiere escribir mi historia. ¿Qué imagen haría? Oh vida, este tiempo desperdiciado en la mirada. Mi único lamento no es triste. Incongruencia? Limpie los ojos que este texto tiene la locura de la forma. La plasticidad y el lenguaje. Los literatos, eruditos e yo, y nada concreto. Lo que sabemos de las aves frustradas sobre el cable de alta tensión? Somos necesitados de amor, sexo y sueños. Nos falta la sabiduría. Un día Dios se mostró hombre entre los hombres y lo crucificaron. De ahí, mi miedo de existir. Ahí esto silencio áspero de los sábados. Mis conflictos me hacen pequeña. Gritos sordos por dentro. Sólo las palabras son capaces de secar las lágrimas. Las palabras y los dedos. Dedos escalabrados pelo tiempo siguiendo las líneas de mi cara. Dulce ternura para aquellos que rompió todos los espejos y ya no se reconoce. Yo que tengo en mí el movimiento de los demás, el conocimiento de los demás, el lenguaje de los demás, la reacción de los demás ... Yo surcado por los demás y estrangulado con mis propias manos. Sólo el amor puede salvarme. Sólo el amor produce esa lentitud sagrada de observar pájaros llenos de vuelos. El amor conoce de memoria los vuelos y los movimientos. Conoce el lugar, el istmo, donde los hombres lloran. Los hombres son bellos, especialmente cuando lloran. Hombres-mar en una isla de lluvia. Una imagen que me completa. No del todo. Una mujer satisfecha trae en si un punto final. Tengo vocación para las elipsis y los excesos. Despierto y todas las bocas se abren. Infame hambre de idealismo. La vida no es suficiente?
El pájaro mira con todos los ojos, pero no ve nada. Ha olvidado los sentidos. Se olvidó de quién era, como era ... sólo sabe cantar, cantar. Si respirase una idea, podría convertirse en personas con todo el nihilismo inherente. La gente que niega cualquier cosa en cualquier momento. Niega la palabra, la raza, las ideas... personas que niegan la cruz, la historia, la colonización ... personas que ignoran los sábados por la tarde cuando un pájaro vuela discretamente a hacer conexiones entre las cosas visibles e invisibles.


Lucilene Machado

domingo, 22 de novembro de 2009

Claricianas XVI

XVI






Nasci para três coisas: amar, amar e amar. A ilusão existe para me proteger dessa verdade matemática enquanto o tempo destrói as mentiras que eu inventei. Sempre menti para disfarçar essa soma ímpar. Respirei o subtendido dos silêncios disfarçando o que eu supunha ser necessário esconder. Infinitos círculos mentais para esconder as pontas desses fios desordenados. Parecia-me a coisa mais perfeita que eu sabia fazer. A coisa que a gente nunca diz por julgar ser secreta. Mas o corpo não disfarça e nas primaveras sempre desabrocho em pétalas. Um dia disseram que me amavam. Juraram. Eu duvidei, mesmo assim espalhei-me como as pétalas. Um dia disseram que me queriam para sempre, não cri, mas me decompus em mil fragmentos. Um dia não me disseram nada e eu senti falta do engano com que fui amada. Se eu chegar a ter uma compreensão lúcida da vida, descobrirei porque o amor é a coisa que menos entendo e de que mais sei. Vejo amor até nas palavras de quem não acredita em amor. Gosto do seu sonido mesmo em frases teatrais esticadas por adjetivos e hipérboles. Há uma instância órfã no meu coração sempre pronto a acreditar. E por que não?

L.M.

domingo, 15 de novembro de 2009

MULHERES DE IDADE MÉDIA



MULHERES DE IDADE MÉDIA





Chega uma idade em que vamos recuando, vamos ficando longe da linha de ataque, vamos enterrando os sonhos nas trincheiras, limpando o pó de alguma ternura boba e nos conformando com as migalhas que sobejaram das ilusões.
Chega uma idade em que aprendemos a desistir, esquecer... calar. Vamos nos habituando a conviver com nossas mordaças, nossas amarras... De que vale a liberdade se conhecemos tão pouca gente livre?
Chega uma idade em que vamos escondendo o romantismo nas fronhas dos travesseiros e nos contentando com o prazer efêmero com hora mar-cada para acontecer. Acomodamo-nos a um gozo mecânico sem a sonoridade dos “eu-te-amo” e dos “para sempre”. Aprende-se técnicas, métodos, estratégias racionais capazes de desentranhar a libido e compensar o amargo na boca.
Aos poucos vamos escondendo nossos tentáculos, vamos nos adaptando aos ditames da razão, obedecendo aos assobios, às leis primárias e ficando quietas em nossas menopausas sem mais ques-tionar os “que teria sido se...”
A gente se habitua com um jeito sem jeito de ser conquistada. Um jeito sem festa, sem brindes, sem flores... um jeito prescrito que não es-conde grandes surpresas. Falta criatividade e persistência, mas a gente aprende a viver sem o e-xercício da arte de seduzir e sem os remorsos da carne.
Chega um tempo em que a gente se obriga a compreender a teoria da relatividade, objetividade, contabilidade... tudo tem um preço. Tudo en-volve perdas. Que importa? A esta altura, domi-namos a arte de perder sem muitas dificuldades. Somos mulheres equilibradas e fortes. Sabemos esconder dores sem precisar disfarçar cansaços.
Nos acostumamos às mentiras puídas e acreditamos nas palavras para não comprometer momentos de ternura. Não porque momentos se-jam poucos, mas porque viver é uma arte, a arte de acreditar. A realidade que se acredita é a mais real do mundo. Em nenhum tempo se está preparado para conviver com a franqueza.
Chega uma idade em que descobrimos que podemos perfeitamente viver sem grandes amores. O amor é parte da vida, mas apenas uma parte, e aquela história de ser tão indispensável quanto o ar que se respira é para os compêndios literários. Por mais que a idéia nos desagrade ou entristeça, grande parte das pessoas não vive ou não tem um grande amor.
Dia chega em que nos conscientizamos de que vida e morte são fatores biológicos. Independem da nossa participação. Que coragem e covar-dia têm similaridade. Que a vida jogou conosco. Que nossa história não tem nada de extraordinário, porque todas temos a mesma história para contar. Histórias que ouvimos femininamente comovidas até morrermos, profundamente desabitadas.

LM

sexta-feira, 30 de outubro de 2009

PALABRAS DE MUJER


Palabras de Mujer


Suelto los zapatos en la escalera, me cambio de ropa, me olvido del cuerpo en el diván y me hago espía de mis pensamientos. A veces es difícil ser mujer, tener esa capacidad de la hembra que presiente el nacimiento antes de la concepción. Esa intuición de
que amará, esa certeza de que sufrirá, y aun así ama, lleva los afectos, lleva lazos indisolubles, sentimientos destorcidos que siempre supo y defiende con una furia indescifrable.
Ni siempre es fácil ser mujer viviendo ese dilema de caminar al borde de las oportunidades, ser guiada por los imprevistos y casi enloquecer sin saber al cierto lo que siente, o lo que esta condicionada a sentir. Nada es tan simple para una mujer. ¿Cómo explicar que me mojé en la lluvia? Y mientras todo el mundo corría, yo caminaba aprovechando la sensación de estar mojada bajo los cielos.
Con el cabello sobre los ojos canté el coro You are so Beautiful. Canté para mí. Siempre miento para mí. Desde niña cuando dije que el único hombre de mi vida debería ser mi papá. La mujer adora mentirse y también jurar. Jura por la madre, por los hijos e incluso
por la lluvia que recorre su cuerpo penetrando la boca, orejas y nariz en un Singing in the rain sin besos ni paraguas. Y después conserva la imagen para recordar, porque la vida para la mujer es siempre retrasada, nunca pasa en vivo.
Me canso un poco de ser mujer. Tener que llevar esos anhelos, esos pedazos de historias pegados en papeles, ese romanticismo del final de la noche, esa locura y paradójicamente esa lucidez de vivir cada cosa en el limite. Me cansa llevar en la palma de las manos esas líneas sin motivos, esos planes contradictorios, esas raíces misteriosas, esas fibras húmedas.. ¡Me cansa!, me cansa, sobretodo, esos sueños que no caben en el cuarto, ese origen latino, ese océano interno, esos vegetales acuáticos, esas hojas creciendo, incansablemente, en busca del sol.
No es tan simple ser mujer. Toda la estadística humana pasa por nuestros vientres. Todos fallan a igual que cada éxito tiene nuestro dedo. Hay siempre un soplo de mujer en un corazón que palpita. Soberana o sumisa es reina. ¿Será que escapo a la regla? Yo con el cabello mojado y una debilidad anticuada, un mirar a la vida de reojo, intentando encajar las cosas donde no alcanzo, tanteando en la oscuridad los momentos que pasaran sin adivinar mi reacción. Las mujeres reaccionan extrañamente según la estación, según cada curva, cada lluvia. Y modifican en cada viento, cada corriente de aire, cada cambio de tiempo y menstrúan, embarazan y lloran sin ser, necesariamente, este el orden. La mujer llora sin motivos pero nunca sin emociones. Llora mirando los rincones oscuros de la casa, mirando los rincones oscuros del alma, y a veces no recuerda la razón por la que esta llorando, tal vez es una manera de decir cosas sin palabras, expulsar memorias, cosas mezcladas, resentidas, desordenadas… Y antes que comience esa acidez en mi boca, pospongo la tristeza y canto nuevamente "You are so beautiful".


L.M.

terça-feira, 27 de outubro de 2009

Jornada da alma

Jornada da alma

Queria lhe contar que assisti ao filme Jornada da alma que relata o amor de Sabina Spielrein, uma judia russa e seu psicanalista, nada mais que Carl Gustav Jung . Um drama real que abalou as estruturas da psicanálise. O amor deles era tórrido e quase secreto, como o nosso. Amantes sem quarto, amantes sem rumo, amantes à margem da história. Ele era casado, velava pela imagem de discípulo de Freud, além de uma racionalidade enriquecida pelos princípios psicanalíticos, o que o fez abdicar do amor em nome de uma posição acadêmica e intelectual, isso após experimentar uma felicidade brutal com Sabina. No entanto, saiu elegantemente do palco, sem um fio de cabelo fora do lugar, evitando reflexões e apegando-se aos farelos da teoria.
Ela era colérica, sempre às voltas com os imbróglios, com as cólicas e contorções que a vida lhe impunha. Tinha o desespero das palavras. Movimentava a caneta com o pensamento e empurrava para um diário a dor que lhe impingia a alma. Os gritos da revolta misturavam-se à doçura de seus sonhos encantados. Sonhava com marte e com todas essas coisas impossíveis que povoam a cabeça de uma mulher. Guardava notas de piano como recordação e esculpia gatos em argila. Viveu a loucura vigiada por paredes ásperas e chão frio. Rodopiou por jardins entre árvores grandes e molhou-se com o próprio sangue. A sanidade lhe fugia por entre os dedos. A mesma sanidade que mais tarde a fez conhecer e desconhecer o homem.
O amor foi o ponto forte de intersecção entre eles. Devotaram o melhor que tinham. O corpo, a alma. Ofereceram-se em libação, absolutos. O corpo em sacrifício da mente. Atingiram o ponto mais sublime do amor. Expandiram-se mentalmente. Atravessaram espaços incomensuráveis até a relação escapar-lhes num final fatídico. Ele acovardou-se ancorado em boas justificativas. As palavras medidas e calculadas abriram feridas no corpo de Sabina. E ela, excessiva em sua paixão, adoeceu de uma dor cruel, sangrou, tentou todos os lenitivos possíveis e, numa avalanche de revolta, seguiu para um outro país. O seu país. Precisava diluir aquele amor. Precisava viver. E viveu. Era resistente como uma fênix. Mas nunca deixou de amar aquele que era o seu homem, sua alma gêmea. Chorou no escuro, escreveu cartas, dançou sozinha, teve febre de silêncios e morreu sem olhá-lo nos olhos outra vez. Quanto a ele, teve ainda muitos anos de vida, filhos e uma carreira muito bem sucedida. Se foi feliz? É possível que sim. Os homens costumam confundir coragem e covardia e dificilmente se culpam por rasgar a alma de uma mulher.
Daí, você deve estar pensando que escrevi nas entrelinhas. Que Sabina sou eu. Eu tateando no escuro para achar palavras de significados concretos que lhe atinjam por caminhos indiretos. Eu que vivo a desordem do meu vasto querer e não me importo em arriscar a vida, porque creio que só assim se vive plenamente. Eu que já vivi o claustro da loucura e sonho com coisas impossíveis. Eu, ariana impulsiva regida por marte. Eu que não tenho medo de recomeçar, que não preciso de pátria, etc e etc., sobretudo, eu que tive a alma rasgada no momento de sua maior lucidez.
É verdade que Sabina se parece comigo. Vi retratada nela a minha loucura de viver e chorei porque me vi num espelho. Todas as coisas que a sufocam estão em mim. Mas sou diferente. Não morreria amando um homem que se acovardasse por qualquer que fossem os motivos. Ainda que esse homem estivesse ancorado na razão. Sou rancorosa e áspera. Mas morreria por minha própria decepção, em nome da tristeza, da dor... morreria de solidão nesse mundo tão imenso... morrer é tão fácil. Agora mesmo, posso me descuidar e zás trás, abrir minhas asas. Mas se você fosse psicanalista, saberia que só o amor me faria voar. Saberia que meu rancor é também amor, minha fúria é amor, meu orgulho e meu desejo categórico de nunca mais olhar em seus olhos, também é amor. Até meu ódio é amor. Por isso toda minha aspereza anterior e póstuma será perdoada. Mas parece que estou aqui pedindo perdão para morrer. Não, não quero morrer nunca. Morri só pra você. Quem contempla o pôr-do-sol da minha janela não pode desejar a morte. A terra bebendo o sol com línguas de fogo e a noite avançando quieta e tomando conta do mundo. Também vigio o mundo daqui. Antes de dormir olho o céu, vejo a estrela que meu pai me deu quando eu ainda era pequena. Meu pai me salva da idéia genérica de que o homem tem um amor menor. Meu pai e meus filhos. Minha maior contribuição para com a humanidade foi ensinar meus filhos a amar. E meu maior orgulho é ver que eles aprenderam. Também tive falhas como mãe. A maior delas foi não ter dado a eles uma estrela quando ainda eram crianças. É preciso ser criança para ganhar uma estrela e acreditar que se será guardiã dela para todo sempre. É tão bom ser dona de estrela! É como ser dona de flores e de poemas que não se escreveu. Mas um dia hei de escrever, não para você, que me fez sentir como uma fruta roída por dentro. Foi um desprezo que tive a humildade de aceitar. Há momentos em que é preciso aceitar a perda. Perda da esperança. É tão difícil se livrar da esperança! Você sacode com toda força sua caixa de pandora mas ela continua lá grudada nas paredes, no rótulo, no fecho... ou no seu próprio inconsciente com uma voz fininha a cochichar afetos em seus ouvidos. A esperança é uma aranha diligente que aproveita qualquer fio para construir sua casa. E quando você percebe, já está enredada por aquelas teias pegajosas. Vem a tormenta, o vendaval, o terremoto... e a esperança ali enganchada em qualquer galho seco. Poucas coisas são mais resistentes que a esperança. Pouquíssimas. Eu a rejeito todos os dias, mas a vejo pelos canto da casa, pelos cantos da vida a me olhar enviesada. Parei de proferir frases imperativas. Ela que se dane e viva sozinha sem mim. Eu vou sobreviver porque sou teimosa. Você vai sobreviver porque eu morri para que você continuasse vivo. Alguém tem de perder para que alguém possa ganhar. Mas ganhar o quê? Gostaria mesmo de saber o que foi que você ganhou. Sabina recolheu-se para que Jung fosse feliz. Imaginou-se promovendo escândalos de várias ordens, mas conteve-se, falou pelas entrelinhas e ele entendeu. A propósito, ele engoliu a dor com bebidas e manjares entre uma e outra defesa da psicanálise. Mas quem pode atirar a primeira pedra? Ninguém está completamente errado, até um relógio parado acerta duas vezes ao dia. E às vezes você está certo por não acreditar no amor. E por isso você é tão bem ajustado. Quem não ama não possui a forma contrária correspondente. Quem não ama também não odeia. Sente pena só. E recolhe-se para não agredir o outro com esse sentimento tão desprezível. Tudo é desprezível quando não se ama. Eu quero morrer de amor quantas vezes forem necessárias. Quero veias sangrando, coágulos vermelho escarlate, paroxismo... Sou ávida de vida, quero tanto quanto ela possa me dar. Ela muito me tem dado. Muito me tem tirado também. Mas quero continuar nesse superlativo, sou imprópria para homens comedidos. Preciso de um arquivo grande. Preciso de um aeroporto com falas em todas as línguas. Sou gramatical demais. Tenho uma vontade quase imoral de dizer palavras. Que o amor adoce minha boca, porque a palavra não é sentimento. A palavra é uma ferramenta horrorosa. Todos os dias me arrependo delas. Toco piano para compensar. Mozart, Handell, Vivaldi... alcanço as notas com a minha língua. Deus! Se eu tivesse essa genialidade. Eu não toco não senhor, só com a boca. Minha língua passeia por todas as escalas. Sou capaz de um sustenido impressionante: si be mol. Mas não mostro. Só para os íntimos. E você não é íntimo. Você me ofendeu chamando-me inteligente. Foi um meio para se livrar de mim. Foi o “através”. Inteligente é uma palavra que não cabe nos rituais de adeus. Ela dói porque fica mal associada. É como se quisessem dizer: não vai doer nada, logo sara. Mas não sabem que é uma ferida seca que descasca e não sara. Isso não é drama não senhor, mais respeito que agora eu sou o seu fantasma, o fantasma que você irá buscar no ponto mais profundo de si, na hora da sua velhice. Velhice lenta que vai cavando um buraco no estômago e os mesmos pensamentos martelando o cérebro, insistindo na reflexão da vida, e vida, meu caro, é amor. É a hora dolorosa da verdade, e a única verdade que permanece é o amor. Você não terá como fugir, vai se lembrar que meu amor preenchia um campo de futebol e ainda escorria pelas bordas. Diz que isso não será verdade, diz! Um velho, um cão e um fantasma caminhando pela praia. Uma vingança que me faz sentir bem. Mas de que vale, se já não mais me lembrarei de nada? Já terei esquecido até os poemas que você me escreveu e decorei em forma de gratidão. De que vale a vingança se tudo termina? Não quero ser profeta, nem escriba, basta-me amar intensamente. Todo o resto é conseqüência. Eu poderia ser gélida, esguia, metálica... e sair do palco à francesa, na ponta do salto, de rímel e batom, como você se habituou a ver. Mulheres que não derramam uma gota de lágrima, mulheres inteligentes, como você quis acreditar, mulheres de atitudes equilibradas e elegantes. Mas eu rolei ao rés-do-chão, tive febre, catapora, varíola... (eu que pensava que a varíola já estava extinta) fui burra em tempo integral. Mas, continuarei a ser uma mulher simples e ingênua. Um misto de camponesa e estrela. Ingênua, mas com brilho próprio, ouviu? Você não vai ouvir nunca, porque esta carta jamais chegará a suas mãos. Esta carta é minha. Este amor é meu. Esta história é minha.
Lucilene Machado